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El otro día necesitaba un manual de un periodista argentino que no aparecía en búsquedas online en librerías de mi tierra, Asturias. Llamé a una anaquel de mi pueblo para decirle cuál era, dos días más tarde me llamó el dueño de la tienda para decirme que ya estaba y que podía recogerlo cuando quisiera.
Se lo comenté a una de mis mejores amigas, amigo de la recital, y me dice: ¿pero eso puede hacerse?. Le respondí: "Claro, las librerías se dedican a eso, ¿no?" No tiene que tener todos los títulos en su tienda ni en el guardarropa, pero están en contacto con muchas editoriales y los consiguen.

Mi amiga tiene absolutamente mínimo de tonta, al contrario, es súper inteligente y siempre está informada, pero nos han vendido tanto un marketing de que para conseguir ciertas cosas hay que ir a por ciertas grandes empresas (en este caso, sería Amazon o alguna gran empresa de libros) que se nos olvida que las pequeñas tiendas tienen llegada a conseguir lo que necesitamos, porque tienen muchos proveedores y son los intermediarios con el cliente final.
Por otra parte, tengo que afirmar, ese manual que compré, ni siquiera me costó más plata que lo que mostraban en webs online, donde igualmente tenía que retribuir el precio de remesa y estar en casa por si llegaba cuando yo no estaba (es un manual muy recio, no cerca de en un ranura).

A todo esto se le suma que yo trabajo online, tengo muchísimas conocidos por el mundo, con las que estoy en contacto a menudo y, por consiguiente, con las que no tengo más remedio que cuchichear online, tengo a mis conocidos y mi tribu de mi pueblo con las que igualmente estoy en contacto a través de redes, correctamente sea cuando estoy viajando, correctamente cuando estoy aquí y no puedo ver a todo el mundo, pero sí me apetece cuchichear.... ¿por qué igualmente comprar por internet.... o por qué no hacerlo?
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Amo mi pueblo. Me he pasado décadas fuera, gracias al teletrabajo siempre volviendo muchos meses al año y a veces cuando vuelvo de estar fuera puedo aburrirme aquí como una madreperla, pero lo amo y quiero que siga vivo, quiero que la muchedumbre pueda morar aquí, hacer sus familias aquí y que no sea esto un sitio aparecido de pisos comprados por inversores para hacer alojamientos turísticos o un pueblo sin vida.
Mi pueblo tiene vida, tiene posibilidades, como cualquier punto, y me da pena ver cómo la ha ido perdiendo en las últimas décadas, tras el falleba de las minas de carbón que era la principal fuente de crematística.

Igual que me da pena ir a ciudades de mi país como Madrid, donde estudié, y ver que las tiendas de siempre, de arrabal, ya no existen, y hay toda una cautiverio de franquicias varias ocupando las calles.
Una de las formas de conquistar vida en los pueblos y ciudades es con sitios de socialización: parques, cafeterías y igualmente tiendas varias. La decana del Colegio de Registradores, María Emilia Desaseado hablaba hace unos años en una entrevista del uso de los espacios públicos:
"Hay que acercar medios a los centros y suministrar las instalaciones necesarias para hacer esa vida más sostenibles y humana, donde los vecinos puedan desarrollar las relaciones sociales” con el objetivo de "evitar la gentrificación y el despoblamiento, tenemos que abrir a crear relaciones de contorno, de cimentación, que estén enraizadas en el entorno".

Como explica la asociación Asedas, una buena combinación de tiendas, que ofrece una amplia variedad de productos y servicios, es fundamental para suministrar los centros de las ciudades como lugares ideales para morar, saludar y disfrutar. Muchas ciudades, particularmente las medianas, ven cómo las tiendas luchan por sobrevivir, con un panorama que cambia rápidamente, nuevas cargas regulatorias y el impacto de la transformación digital en la forma en que los consumidores compran.

Si compramos desde casa y un repartidor nos trae a casa la importación, no estamos aportando mínimo a la vida del pueblo o del arrabal. Luego a eso, puede sumarse que hay empresas donde ya es sabido que los trabajadores no gozan de los derechos que merecen, los despidos masivos de ciertas empresas grandes o que pagan a sus empleados sueldos escasos, mientras sus líderes son millonarios, o que están despidiendo a muchedumbre para cambiarla por máquinas. Poco muy destacado es que cuando Jeff Bezos, creador de Amazon y uno de sus principales inversores, se fue al espacio en 2021 agradeció a los empleados y clientes de Amazon por retribuir su delirio: “Ustedes pagaron por todo esto”, afirmó.
Personalmente, como clienta, prefiero que mi forma de consumir sirvan a que la muchedumbre de mi pueblo pueda morar, sacar delante a su tribu, retribuir su hipoteca e irse de asueto que retribuir para que un millonario se vaya al espacio. Por otra parte de esto, está el tema de suscripción de impuestos. Muchas multinacionales de las que venden online, por otra parte aprovechan su poder para instalar sus sedes en países donde los impuestos que pagan son mucho menores, y no repercute en nuestro propio país.
En militar, por otra parte, valoro el trato cercano de las tiendas pequeñas. Por ejemplo, incluso cuando compro dispositivos electrónicos no voy a una tienda excelso, no me meto en ver un catálogo online de decenas o centenas de opciones en la web de alguna empresa de ventas online. Voy a una tienda de productos de informática en mi pueblo y le digo que necesito un nuevo ordenador, le digo qué busco en un ordenador, él me ayuda a ver qué opciones encajan mejor, lo pide, me lo trae, me cobra el mismo precio que veo en las grandes tiendas (y si me cobrase unos euros más no me importaría) y, sagaz.

Por otra parte, si tengo algún problema en algún momento, es el primero que me ayuda a solucionarlo o que insiste a la empresa fabricante de que lo haga si dan problemas. Y todo sin retribuir una respaldo de seguro extra por ello. Este PC con el que estoy escribiendo, me dio un problema hace un par de primaveras. Él lo miró, ya que es informático, tenía pocos meses, y vio que el ordenador se recalentaba mucho. Dijo que lo enviásemos a la empresa fabricante. Luego, desde la empresa me llamaron para decirme que estaba descontento y que yo lo envié ya roto.
Era mentira, en el proceso de arreglo en la empresa fabricante lo habían descontento. Por fortuna para que no me cobrasen cientos de euros en reparar poco que no existía, había dos pruebas. Una foto que yo había hecho y otra poco previa, realizada por el dueño de la tienda. Ahí la empresa fabricante tuvo que rastrear que fue error de ellos y me hicieron toda la reparación de forma gratuita.
Imagen | Foto de Bruno Kelzer en Unsplash
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