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El Gobierno castellano dio ayer luz verde al esbozo de la Ley de Consumo Sostenible, una norma que pretende reanimar los derechos de los consumidores y avanzar en la transición ecológica. Pablo Bustinduy, el ministro de Derechos Sociales, Consumo y Memorándum 2030 ha presentado este paquete asamblea como una revolución legislativa contra la obsolescencia programada, la publicidad engañosa y el consumo valeverguista.
Analicemos qué medidas concretas recoge para cumplir con dicho objetivo:
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Uno de los nociones más destacados de la propuesta es la prohibición de la obsolescencia programada, una experiencia industrial que acorta intencional y artificialmente la vida útil de los productos. Se pretende concluir con ella mediante...
Estas medidas, que recogen el espíritu de directivas europeas recientes, representan sin duda un avance en términos de durabilidad de los productos. No obstante, su efectividad dependerá de cómo se fiscalicen y ejecuten: las grandes empresas tecnológicas ya han demostrado una sagacidad importante para eludir normativas a través de vacíos legales.

Otro objetivo obvio de la ley es combatir el 'greenwashing' o ecopostureo. A partir de su entrada en vigor, las empresas no podrán utilizar términos como "verde", "ecológico" o "biodegradable" si no presentan una cojín científica verificable. Incluso se prevé la anulación de marcas y nombres comerciales que induzcan a error mediante su nombre o logotipo.
En un mercado como el nuestro, saturado de términos medioambientales vagos y maleables, la vigilancia institucional resultará esencia.
Incluso se veta la publicidad de:
La llamamiento "publicidad del miedo" será regulada para evitar el uso de escenarios catastróficos sin cojín estadística. Las empresas (a nadie se le escapa que es una norma dirigida contra el sector de alarmas y seguros) deberán aportar datos cuantitativos para demostrar las amenazas que comunican.
Si proporcionadamente esto apunta a una publicidad más responsable, la recta entre protección del consumidor y censura informativa podría ser difusa si no se regula con claridad.
Otra experiencia que queda regulada es la reduflación, consistente en estrechar el contenido de un producto sin ajustar su precio. Las empresas deberán:
De esta forma, se evitará que el consumidor pague lo mismo por menos sin saberlo.
La reventa abusiva de entradas, especialmente visible en conciertos y eventos culturales, además se enfrenta a nuevas limitaciones:
Imagen | Marcos Merino mediante IA
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